- La activación del sistema SAP se realizó por orden política sin contar con el aval de los expertos técnicos.
- La parálisis contable impidió la generación de estados financieros y el pago normal de nóminas.
- Se detectaron graves fallos en la trazabilidad de fármacos críticos, poniendo en riesgo a los pacientes.
- El sobrecoste por contrataciones de emergencia para suplir los fallos del software superó los 1.300 millones.

En el complejo mundo de la gestión de infraestructuras críticas, a veces las ganas de colgarse una medalla por la modernización digital terminan saliendo muy caras. No es extraño ver cómo grandes proyectos de software se lanzan a la piscina sin que haya agua, ignorando de forma sistemática las advertencias de quienes realmente conocen los engranajes internos de las instituciones.
Un caso que está dando mucho que hablar en el ámbito internacional, y que sirve de aviso para navegantes para cualquier gestor público en España o el resto de Europa, es el reciente descalabro en la seguridad social costarricense. Lo que debería haber sido una transición ejemplar hacia un sistema de planificación de recursos empresariales se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza tras una implementación que ha sido calificada de prematura y carente de rigor técnico.
Una decisión política que ignoró la lógica de los técnicos
La Defensoría de los Habitantes ha puesto los puntos sobre las íes tras una investigación exhaustiva que no deja lugar a dudas. Resulta que la puesta en marcha del famoso sistema SAP no fue precisamente un paso consensuado por los expertos del área, sino que se ejecutó por un mandato directo de la presidencia ejecutiva. A pesar de que los informes internos avisaban de que el tinglado no estaba listo y las interfaces estaban incompletas, se decidió tirar hacia adelante sin las garantías mínimas de funcionamiento.
Esta precipitación ha provocado que las gerencias de la institución tuvieran que firmar la puesta en marcha por puro acatamiento jerárquico, en lugar de hacerlo basándose en una validación técnica real. El informe del órgano defensor recalca que se desoyeron advertencias reiteradas de la auditoría, lo que ha desembocado en una crisis que afecta tanto a la logística como a la propia estabilidad financiera de la entidad sanitaria.
Parálisis financiera y riesgos en el suministro de medicamentos
El resultado de estas prisas no ha sido un simple error informático pasajero que se soluciona con un parche. La institución se ha visto envuelta en una parálisis contable tan profunda que ha sido imposible generar estados financieros con normalidad durante meses. Esto ha repercutido de forma directa en la gestión de facturas a proveedores y en el pago de incapacidades temporales, dejando una montaña de trámites acumulados en los cajones que no hay forma de gestionar de manera automatizada.
Pero si hay algo que realmente ha encendido todas las alarmas es la trazabilidad de los medicamentos. Al fallar la integración del software, la gestión de inventario y control de fármacos sensibles, como los psicotrópicos, tuvo que volver a realizarse de forma manual. En medio de este desajuste, se ha documentado que la seguridad de los pacientes estuvo en entredicho tras detectarse casos de entregas incompletas, algo que parece impropio de una institución que maneja la salud de millones de personas.
Un agujero económico difícil de justificar
Para intentar tapar los agujeros de un sistema que, en teoría, venía para ahorrar costes y optimizar procesos, la entidad ha tenido que rascarse el bolsillo de forma inesperada. Se ha tenido que desembolsar una cifra superior a los 1.300 millones en moneda local para contratar personal de refuerzo temporal que realizara a mano las tareas que la tecnología no era capaz de digerir. Vamos, que el ahorro que se prometía al principio ha terminado siendo un gasto extra monumental que sale directamente del erario público.
Además, la gobernanza del proyecto ha quedado seriamente cuestionada, ya que durante el pico de la crisis hubo una notable confusión sobre quién debía llevar el timón. Mientras la dirección de innovación afirmaba que su papel era solo de acompañamiento, el sistema seguía fallando en tareas críticas, demostrando que no había una cadena de mando clara para gestionar una contingencia de tal magnitud tecnológica.
Al final, lo que queda claro tras este embrollo es que saltarse los protocolos de validación técnica por presiones externas suele ser la receta perfecta para el desastre. Es fundamental que las administraciones entiendan que la tecnología debe ser una aliada y no un obstáculo que bloquee servicios básicos. Toca ahora depurar responsabilidades y garantizar que, en los futuros proyectos de transformación digital, se escuche más a los expertos y menos a las urgencias de los despachos, evitando así una crisis que termine pagando, como siempre, el ciudadano de a pie.