- Ford ha reincorporado a más de 350 ingenieros veteranos para recuperar el conocimiento institucional perdido tras años de automatización excesiva.
- La compañía admite que confiar ciegamente en la inteligencia artificial sin una supervisión humana experta afectó negativamente a la calidad de sus vehículos.
- Se ha creado un equipo de 40 especialistas dedicados exclusivamente al aseguramiento de la calidad del software para prevenir fallos antes de la entrega.
- La nueva estrategia abandona el modelo de parcheo constante por uno centrado en la validación rigurosa y la prevención temprana de errores.
Por Canuto
Durante mucho tiempo se pensó que la tecnología punta lo solucionaría todo, pero la realidad ha pegado un buen frenazo en la industria del motor. Resulta que Ford, tras años apostando muy fuerte por la automatización y la inteligencia artificial para pulir sus coches, ha tenido que reconocer que se les fue un poco la mano con la confianza en las máquinas. La marca del óvalo ha visto cómo la calidad de sus vehículos se resentía precisamente por dejar de lado ese olfato que solo tienen los ingenieros con décadas de experiencia a sus espaldas.
A pesar de que recientemente han sacado pecho al liderar algunos rankings de calidad inicial, lo cierto es que por el retrovisor se veían demasiadas llamadas a revisión y fallos de software que no daban tregua. Este escenario ha obligado a la compañía a dar un giro de 180 grados, admitiendo que la inteligencia artificial tiene sus límites y que, sin una supervisión humana de las de antes, el software de los coches actuales puede convertirse en un auténtico quebradero de cabeza para los usuarios europeos y de todo el mundo.
La vuelta de los veteranos al centro del diseño
La automotriz se dio cuenta, quizá un poco tarde, de que gran parte del conocimiento que hace que un coche sea fiable no está solo en el código, sino en la cabeza de su gente. Al jubilar o dejar marchar a sus perfiles más curtidos, se produjo un vacío que la IA no supo llenar, provocando que Ford tuviera que recontratar a más de 350 ingenieros veteranos. Estos profesionales han vuelto con la misión de poner orden, transferir su sabiduría a los más jóvenes y, sobre todo, arreglar los desaguisados que la automatización excesiva había ido dejando por el camino.
Charles Poon, uno de los pesos pesados de la ingeniería de hardware de la firma, ha sido bastante claro al admitir que pecaron de optimistas al pensar que bastaba con meter inteligencia artificial y retocar cuatro parámetros de diseño para que el coche saliera perfecto. Esta confesión pone de relieve que la transferencia de conocimiento institucional es un proceso que no se puede automatizar de la noche a la mañana, ya que hay detalles de la fabricación y el comportamiento del software que requieren un criterio humano que todavía no tiene ningún algoritmo.
Superar la cultura del parcheo constante
Otro de los grandes problemas que han tenido que abordar es la forma en la que los distintos departamentos se comunicaban, o más bien, la falta de ello. Tradicionalmente, la empresa funcionaba con compartimentos estancos donde cada uno iba a lo suyo, lo que derivaba en una filosofía de encontrar y arreglar fallos a posteriori. Este sistema de ir poniendo parches a medida que surgían las quejas de los clientes no solo es caro, sino que mina la confianza de quienes esperan que su coche nuevo no pase más tiempo en el taller que en la carretera.
El director de operaciones, Kumar Galhotra, ha insistido en que el objetivo ahora es dejar de admirar el problema y centrarse en la prevención pura y dura. Para ello, están integrando mucho más los equipos de software con los de fabricación mecánica, buscando que cualquier señal de alerta se detecte antes de que el vehículo salga de la planta de montaje. Es un cambio de mentalidad radical que busca que los estándares de calidad en Europa y otros mercados vuelvan a estar a la altura de lo que se espera de un fabricante histórico.
Un ejército de pruebas para blindar el software
Para que esto no sea solo palabrería, la compañía ha montado un equipo específico de aseguramiento de la calidad del software con 40 especialistas cuyo único trabajo es evitar errores. La idea es que la tecnología no sea el problema, sino la solución, pero siempre bajo una disciplina de validación rigurosa que no deje nada al azar. En un entorno donde los coches son prácticamente ordenadores con ruedas, un error en una línea de código puede suponer un riesgo de seguridad real, algo que no se puede permitir ninguna marca que quiera sobrevivir a la transición digital.
A pesar de los tropiezos, no van a renunciar a la tecnología, sino que van a usarla con más cabeza, implementando más de 100.000 pruebas nuevas que buscan situaciones límite. Gracias a que estos procesos de validación están automatizados, ahora pueden permitirse el lujo de chequear todo el sistema en tiempo récord incluso si hay cambios de última hora en el software. La gran diferencia ahora es que estos sistemas están entrenados y supervisados por ingenieros de carne y hueso que saben exactamente qué es lo que puede fallar cuando el coche se enfrenta al mundo real.
Al final del día, lo que ha aprendido Ford es que la tecnología más avanzada del mundo no sirve de mucho si se pierde el toque humano y la experiencia acumulada durante décadas. El regreso de los ingenieros veteranos y la creación de procesos de validación mucho más estrictos marcan el inicio de una etapa donde la calidad del software vehicular vuelve a ser la prioridad absoluta. Lograr ese equilibrio entre la velocidad de la inteligencia artificial y la prudencia de la ingeniería clásica será la clave para que los conductores vuelvan a confiar plenamente en los sistemas automatizados de sus vehículos.

